Los hermanos Moreno: genes y baloncesto

Fue precisamente una pareja de hermanos aragoneses los que formaron  parte de los orígenes del baloncesto a orillas del Ebro. Luego les sucederían los hermanos Martínez, los hermanos San Epifanio, los Arcega y los Angulo, como sagas familiares más destacadas. Jesús y Pedro Moreno no solo fueron pioneros en la práctica del baloncesto en Aragón, también fueron precursores en su difusión, convirtiéndose en uno de los ejemplos sobre la práctica baloncestista anterior a la Guerra Civil que tuvieron continuidad tras la contienda.

Mi abuela” cuenta Pedro Moreno, hijo “los apuntó de bien críos a Helios, y empezaron con el baloncesto, pero ayudaron también a la construcción de la piscina en el 33“. Eran apasionados del deporte y la actividad física, que levantaron, con sus propias manos los cimientos de uno de los clubes icónicos del deporte aragonés.
Ambos tomaron parte de la histórica primera formación de Helios como equipo de baloncesto, que disputó su primer partido oficial en mayo de 1934 contra el Regimiento de Infantería número 22. También fueron los primeros en participar en la Copa del Generalísimo (la actual Copa del Rey) en 1940 e integraron el primer conjunto zaragozano que jugó un partido fuera de Aragón.
Pedro tuvo una participación más intermitente debido a una enfermedad, pero siempre dejó impronta de su fino estilo sobre la pista. Su hermano mayor Jesús fue la primera gran figura del basket aragonés, espejo en el que se miraron mitos posteriores como Tomey y otros coetáneos. Se retiró en 1942 con un gran homenaje, pero su pasión por el basket le llevó también a ejercer de entrenador, teniendo la licencia de la Federación Española con el número 2, cuando ejercía como entrenador del Real Zaragoza C.F. femenino.

Una de las primeras formaciones de Helios tras la Guerra, con los hermanos Moreno (fila superior e inferior a la izquierda)

Mis padres se conocieron a través del baloncesto“, confiensa Rosa, hija de Jesús Moreno y Adela Lajusticia, una de las pioneras del baloncesto femenino en Zaragoza. “Mi madre siguió jugando después de dar a luz, algo que no era nada habitual en la época“.
Los primeros capítulos del basket-ball zaragozano merecen un lugar destacado en la memoria de todos a los que hoy apasiona el deporte de la canasta. Sus memorias son nuestra historia, sus nombres han de estar en nuestro primer recuerdo y también grabados en aquellos lugares ya místicos donde empezó a botar el balón y anotaron las primeras canastas.
Pedro y Jesús Moreno fueron homenajeados en la edición de 2014 de la Gala del baloncesto aragonés de la Federación Aragonesa, junto con aquel grupo de héroes casi anónimos que comenzaron a practicar un nuevo deporte en la pista primigenia a orillas del Ebro, sentando las bases para que Aragón sea considerado un genuino territorio de baloncesto.

La Gala del baloncesto aragonés de la FAB, con fotos y vídeos del evento, en la Revista BasketFAB

Araceli Herrero, pionera del baloncesto aragonés

Araceli recuerda perfectamente el día que empezó la Guerra Civil. Esa maldita jornada del 18 de julio de 1936 le tocó bajar al centro de la ciudad con su padre. “Al llegar al Parque Pignatelli nos cruzamos con  un grupo muy numeroso de sindicalistas de izquierdas. Estaban esperando noticias, expectantes por saber si el arsenal de la ciudad había caído en su poder o en el de los rebeldes”, cuenta la memoria prodigiosa de esta zaragozana de 91 años. “Al cruzar de vuelta a Torrero no había ningún anarquista… todos habían huido por los montes o se habían escondido”. El Golpe de Estado había triunfado en Zaragoza, plaza clave para el designio de una contienda que empobreció al país, retrasó su avance y arrinconó a las mujeres libres como Araceli a perder los pocos derechos que se habían ganado en democracia.
No fueron años fáciles para nadie. Araceli cuenta que una bomba republicana cayó en el polvorín que había cerca de su vivienda y les obligó a salir al hogar de un familiar. Recuerda cómo ayudaba a su madre a tejer ropa para el ejército franquista, conociendo el que sería el oficio con el que dio de comer a sus cinco hijos. O que en su colegio cuando cambiaron la bandera republicana por la ‘nacional’ decidieron que ella tendría el honor de llevarla al ayuntamiento por ser la alumna más aplicada. Al faltar una profesora hubo cambio de planes y ella tuvo que hacerse cargo de los párvulos. Al enterarse que se le negaba el premio, se escondió debajo de un pupitre donde lloró desconsolada toda la mañana. Por primera vez, dolida, faltó a su responsabilidad. Y esa decepción y rabia aún duelen cuando descuelga el recuerdo en sus palabras.
Torrero, su barrio, era como hoy acogida de inmigrantes, de labradores que habían salido de los pueblos del interior de Aragón para prosperar en la capital como obreros. Su familia se había instalado allí desde un pueblo del Maestrazgo de Teruel. Los alrededores eran campos abiertos y solares donde se levantaron fábricas y talleres. Y el estadio del Zaragoza. “Yo iba a los partidos. Me encantaba el fútbol y el Zaragoza de los Alifantes”, recuerda Araceli.
Curiosa y atrevida, amante del deporte, sus padres no se negaban a sus caprichos porque siempre cumplía con sus labores, con lo que tocaba. Y tocó ponerse a trabajar siendo una niña. Ella lo hizo obediente y siempre de forma eficiente. Entró en la factoría de Laguna de Rins aprovechando sus conocimientos de costura. Y allí conoció el baloncesto en 1939 con 14 años. “Vinieron para preguntarnos si queríamos hacer un equipo de baloncesto para Educación y Descanso. Yo quise probar y me apunté”, narra Araceli Herrero.
Después de la larga jornada en el tajo, tocaba bajar hasta Helios, donde se realizan los entrenamientos. “Teníamos que pasar el Ebro por la barca del Tío Toni. Los días que soplaba el cierzo nos teníamos que agazapar para que no nos tirase al río” A las pocas semanas solo quedó ella, al resto de compañeros les podía el esfuerzo de la jornada laboral y el desinterés deportivo. “Entonces me llamaron para jugar en el equipo de la Sección Femenina”.
Pronto destacó a las órdenes del militar Fernando de la Figuera. Pese a no ser
muy alta, su velocidad, agilidad y ganas le hicieron destacar. “Anotaba con facilidad, aunque nunca lograba convertir los dos tiros libres. Me ponía nerviosa. Me gustaba hacer ganchos y lanzar desde un lateral, donde el balón no podía darle al tablero”. Jugaba de medio, como Fernando Muscat.
Pero entonces llegó la primera decepción. Fue invitada a hacer un viaje. Imagínate lo que suponía para una adolescente humilde poder pasar unos días en Palma de Mallorca. Pero no tenía ni 18 años y no le dieron permiso. La tristeza y la rabia, como ese día de la bandera, esa dolorosa y profunda impotencia, le hizo abandonar los grupos de Falange y volver a la Textil Aragonesa, donde se afanó durante meses en agrupar a otras trabajadoras para hacer un equipo de baloncesto. A los años volvería a Sección Femenina, donde ya pudo hacer desplazamientos a Barcelona, Madrid o el varios puntos de la cornisa cantábrica. “Nos llevaron a muchos sitios. Jugamos en Montjuic y en la Ciudad Universitaria de Madrid. En Zaragoza íbamos al Cuartel Palafox, a la Ciudad Jardín, al Frontón Cinema… También a Calatayud o a Casetas, donde jugábamos en el cuartel militar. Nos invitaban a comer y luego había baile. Un día vino el matador Nicanor Villalta y el cantaor El Gitanito de Ricla. Nos lo pasábamos muy bien”.
Coqueta, en ocasiones jugaba con un lazo en un pelo del que caían unos tirabuzones dorados. “No era guapa, pero si resultona”, alegre explica Araceli Herrero. Ella misma, con sus prodigiosas manos, confeccionaba y cosía los trajes de sus compañeras. Tenían hasta uno especial solo para los entrenamientos y otro de partidos, con falda larga y sin marcar las curvas, sin ‘provocar’, manteniendo la casta imagen que de la mujer ofrecía el catolicismo rancio del franquismo. “Pero de tanto insistir conseguía que nos comparan zapatillas para jugar y nuestra propia pelota”, dice Araceli.
En esa época el baloncesto era ‘amateur’, aunque ella desvela una pequeña trampa que ratifica su estrellato. “Me llamaron de Ágreda Dutur, una empresa textil, para trabajar con ellos y jugar en su equipo. A mí no me gustaba, porque tenía que subirme a una escalera y prefería coser, pero insistieron tanto que me hicieron un contrato para jugar con ellos al baloncesto. Durante esos años tuve dos salarios”, cuenta Araceli.
En Ágreda Dutur fue entrenada por Jesús Moreno y luego Manolo Bruñén, dos de los pioneros del baloncesto de Zaragoza en Helios. Éste fue su último equipo y donde convenció al dueño, catalán pero zaragocista como ella, para hacer una cancha a la salida de la fábrica. Su noviazgo y una pequeña tienda de costura que montó no le dejaban tiempo para continuar con su pasión. Tuvo que dejarlo para hacerse cargo de su vida, y de los cinco hijos que vendrían… aunque la forma de contarlo deja claro que ella hubiera estado encantada de seguir entre tableros y pelotas. “Un día me invitaron a ver un partido en el Frontón Aragonés. En mitad del partido empezaron a reclamarme desde el banquillo, querían que bajara a jugar. La gente en la grada empezó a corear mi nombre. Me tuve que ir”, recuerda con tristeza.
La vida de Araceli no ha sido fácil, pero cuando rememora esos años de baloncesto se le ilumina la cara y los malos recuerdos se difuminan en imágenes de cestas imposibles, rebotes altísimos y carreras infinitas por una victoria. “Sigo viendo los partidos, pero me da tristeza ver jugar a las chicas, porque a mi lo que me gustaría sería jugar con ellas”, dice esta campeona a la que emociona escuchar. Olvidarse de ella como de Clara Burguete (aún con vida) o de las fallecidas Adela Lajusticia, las hermanas Gaby y Emilia Bonilla y Nelly Tomás, entre otras, es imperdonable. Nuestra es la obligación de honrarla a ellas y a todas las mujeres que se levantaron contra los prejuicios en una etapa negra y oscura para jugar al baloncesto, mujeres pioneras en deporte y vida, mujeres enormes, luchadoras, madres y abuelas amadas que apartaron tanto por los demás, porque quisieron, pero porque así les educaron. Heroínas que merecen nuestro homenaje diario.

Aragón, la tercera región en el baloncesto nacional

Después de la Guerra Civil, Aragón se consolidó como la tercera región de baloncesto en España “en cuanto a juego se refiere”, tal como referenciaba la prensa de la época. Y lo hizo de la mano de algunos de los pioneros que habían dado a conocer el baloncesto en Helios, en las categorías masculina y femenina, y asentando las bases del éxito que supondría unos cuantos años después la irrupción del primer equipo en Liga Nacional en la que llegaron a competir simultáneamente además dos clubes zaragozanos.

 

Cotchicó, Pedro y Jesús Moreno, Rivas y Nuez, fue la primera formación de Helios que se estrenó en partido oficial jugado en mayo de 1934 contra el Regimiento de Infantería número 22. Los partidos de los torneos sociales en el club de la ribera congregaban ya un gran número de espectadores, y se disputaban con mucha intensidad sobre la pista. El basket-ball se hizo popular rápidamente, aumentaba el número de practicantes y se elogiaban las virtudes de este nuevo sport mientras se iba descubriendo de manera rotunda que Aragón era desde los comienzos tierra de baloncesto.

Y así se sucedieron distintos hitos en la historia del deporte de la canasta en la región aragonesa, como el primer desplazamiento de Helios para jugar contra el BIM en Barcelona en el año 40, o la participación de Helios como Campeón de Aragón en la I Copa del Generalísimo celebrada igualmente en Barcelona en 1940. También los torneos disputados en Huesca o en el frontón “Fiesta Alegre” de Madrid, y el primer campeonato de España de Frente de Juventudes, con participación de las féminas zaragozanas. Que Zaragoza fuera en 1942 el primer escenario donde se celebró la Copa del Generalísimo fuera del binomio Madrid-Barcelona es otra buena muestra del papel relevante que iba adquiriendo la capital aragonesa en el panorama nacional. O por poner otro ejemplo, el primer partido entre la Selección de Aragón y la Selección de Cataluña, en el invierno de 1943, en un magno escenario como en Gran Price barcelonés. Cataluña pasó por encima venciendo por 51 a 16, con 36 puntazos de Eduardo Kucharski, 6 de Maneja y la participación de Paco Esteva. Allí seguían los hermanos Moreno como estandartes de los primeros compases del baloncesto zaragozano, acompañándole en su crecimiento y desarrollo. La mejoría en el juego de los aragoneses era evidente, pero todavía faltaba para que llegara el tiempo en que los equipos zaragozanos, además de jugar contra los poderosos castellanos y catalanes, consiguieran ganarles.

Alocén y la memoria

Hubo un tiempo en el que los mejores pívots de España eran dos aragoneses que habían conocido el éxito fuera de su tierra. Alfonso Martínez y Lorenzo Alocén suplían su falta de estatura con rasmia. El recuerdo de sus gestas y su leyenda tendrá que seguir transmitiéndose de padres a hijos.
Los ídolos perviven gracias a la tecnología. La invención de la imprenta bautizó a los escritores y ocultó en el olvido a los anónimos escribanos, Camarón será leyenda en el tiempo mientras su voz se escuche alta por el altavoz. Nadie recuerda al bardo medieval porque sus versos murieron en el aire.
En el basket el legado se consagra en la estadística y YouTube. Hace poco un infante jugador reconoció a Larry Bird como un muñeco de la Play. Una blasfemia que afirma que uno se vuelve mayor y que la memoria es pasajera de la nostalgia.
Eso me dice Lorenzo Alocén al otro lado de la línea. Que la edad le pasa factura y los recuerdos se le formatean. Chorradas. La lucidez de su verbo circula paralela a su marcado tono baturro. Hace tiempo que la gloria del baloncesto y la opción de una vida mejor le alejó del cierzo, pero conserva su frío en las raíces aragonesas que crecen en sus nietos.
Lorenzo fue una estrella. Quizá el primer gran jugador aragonés de baloncesto. La estadística lo marca como un gran anotador en el Real Madrid más campeón. YouTube congela la única canasta que nunca quiso anotar, esa en propia cesta en Varese para perder un partido, cambiar una regla y salpicar de picardía la biografía del zorro Pedro Ferrándiz.
En los patios de Zaragoza nadie hablará de Alocén, todo pundonor de la fragua maña. “Todos los equipos en Europa tenían uno o dos americanos gigantes. Yo no alcanzaba los dos metros pero siempre acababa como uno de los mejores reboteadores. Narra citando sin decirlo a eso que por casa llaman rasmia o pitera.
Alocén fue 69 veces internacional incluyendo dos Europeos y los Juegos de México’68, estuvo dos temporadas en el imparable Real Madrid, fue mejor anotador en una temporada  jugando con el Helios, conquistó dos Ligas y tres Copas y completó quince temporadas en la élite. Terminó su carrera en el Picadero y en el Círcol Catòlic de Badalona. Se retiró con 36 años y se afincó en Cataluña. Ahí sigue.
Alocén atrapa un rebote con el Picadero (foto: diario AS)
Aragón solo cuenta con Rodrigo San Miguel esta temporada 2014/15 como abanderado entre los jugadores de la Liga Endesa. El último internacional absoluto fue Lucio Angulo hace más de una década. El CAI sigue una ascensión meteórica y la afición por el baloncesto se alza en este impulso. Nunca Alocén ha escuchado los merecidos aplausos de esa hinchada desde el centro de la cancha. “Una vez nos hicieron un homenaje a los olímpicos. Fue hace tiemporecuerda. Los olvidados que marcaron los primeros pasos de ese camino que ahora siguen miles de zaragozanos. Y no hay que olvidarse de ellos. Aunque no tengan un moñaco en la Play Station.

El primer hombre de azul

Nicolás Cotchicó está considerado como el ‘padre’ del baloncesto en Aragón. Gracias a su permanencia en Zaragoza como estudiante universitario y su afición a los deportes, este venezolano nacido en 1910 enseñó a los socios de Helios esa nueva modalidad que hace tiempo ya se jugaba en Estados Unidos y en España, oficialmente, doce años atrás: el baloncesto.
La irrupción del suramericano en el club de orillas del Ebro fue decisiva para la organización de los primeros torneos sociales y posteriormente del primer equipo organizado de la institución del que fue jugador y entrenador.
Fotografía del libro del 75 Aniversario del C.N. Helios

Su hija Alicia, una importante psiquiatra de Vitoria, recuerda que su padre hablaba poco de esa etapa de su vida, pero sí lo hacía con gran ilusión, sobre todo, de sus ‘colegas’ heliófilos. Las amistades que granjeó en Zaragoza las conservó durante toda su vida, así como el sentimiento de cercanía con el centro naturista que fundó Leoncio Labay. Este apego lo recordaba el historiador Luis Rasal en un homenaje póstumo: fue él quien ayudó a esparcir las cenizas de Cotchicó en el Ebro frente a la institución el día 2 de enero de 1986.

Cotchicó era un deportista nato. El baloncesto era una de sus aficiones, pero tenía otras. Incluso llegó a ser internacional venezolano jugando al fútbol. También era amante de la velocidad y de los coches. Pero los estudios mandaban y fue enviado a la Madre Patria, como muchos hijos de adinerados ‘indianos’ en las décadas iniciales del Siglo XX. El venezolano recayó en Zaragoza para cursar Medicina, carrera que no terminó para luego probar con Química. En su estancia, con la intención de poder practicar alguna actividad física, contactó con Helios y se hizo socio. Ahí arrancó un vínculo del que germinó que en el verano de 1933 se construyera la primera pista de basket y que poco después se celebrara el primer torneo de baloncesto en Helios. Los equipos que disputaron ese torneo social fueron el Unión, el Saluki, el Zeñor y Thagaichu. Obviamente, venció el Unión de Cotchicó. También sería el capitán del conjunto que se enfrentó con los soldados del Regimiento 22, considerado el primer partido de Helios como equipo de baloncesto.

 

Cotchicó permaneció en Zaragoza hasta mediados de 1935 cuando se desplazó a Madrid para finalizar sus estudios. Allí formó parte de uno de los equipos más potentes de esa época, el América, constituido por jóvenes suramericanos residentes en la capital española. En esa escuadra militó Rafael Martín, salvadoreño que sería el mejor jugador del primer Campeonato de Europa celebrado en 1935.
La estela de Cotchicó en Helios la recogieron otros como los hermanos Moreno, del Val, Nuez, Chausson, Chicot… y detrás todas las generaciones que han posado con la camiseta azulona. Pero él fue el primero.