Cuando Esteva conquistó Zaragoza

Francisco Esteva sigue acudiendo todos los días a su despacho. Incansable, atiende allí a las llamadas y a las visitas. “De once a una estoy de lunes a viernes. Como un reloj”, dice este caballero que en febrero cumplirá 92 años. En la conversación salta de un negocio a otro de los que ha gestionado su familia con tanta agilidad como narra sus otros brincos en una pista de baloncesto. Con 180 centímetros no pasó desapercibido por el presidente del Laietà, Ricardo Pardiñas, cuando ‘Paquito’ Esteva se mudó a vivir a su mismo edificio en la calle Viladomat, pegado al campo en el que Fernando Muscat destiló su baloncesto con el club blanquiazul. 

 

Esteva es de los pocos testimonios vivos que coincidió con el aragonés en el primer club de la historia del baloncesto español. Diez años mayor, ingresó como infantil en el Laietà cuando Muscat competía como centro titular en el senior. “Era un buen encestador y un gran deportista. Era muy completo, pero sobre todo un excelente compañero y una buenísima persona”, insiste Esteva sobre Muscat: “pero yo era más fuerte y jugaba de defensa. Él era más fino, un estilista”.
Paco Esteva, el segundo por la derecha, con bigote, en el Frontón Aragonés.
El barcelonés y el aragonés desarrollaron su carrera con la misma camiseta y compartieron vestuario durante sólo una temporada, la primera de Esteva y la última de Muscat, en el denominado “equipo de la brillantina” por el peinado con fijador que lucían sus integrantes. “Yo hacía natación, frontón, fútbol… todos los deportes, pero me quedé con el baloncesto”, afirma el que fue capitán del equipo que venció en el Campeonato de España de 1942 en Zaragoza, celebrado en el Frontón Aragonés.
Superaron al Barcelona en la final por dos puntos. “Al celebrar la victoria se nos olvidó que era la hora de comer. Cuando salimos ya no había ningún restaurante abierto. Suerte que nos pudieron hacer unos bocadillos”, relata Esteva sobre ese partido en la ciudad del Ebro, a cuyas orillas ya había ido antes para jugar al baloncesto. “Entonces el Helios no era un equipo destacado. Se podría decir que era de Segunda División. En esa Copa tuvimos que eliminarles. Era muy curioso jugar con ellos porque su pista estaba junto al
río y si se iba la pelota estaban preparadas las piragüas para recogerla
”, recuerda Esteva, que junto a Navarrete, Ferrando, Carretero y Kucharski formaron un equipo histórico para el Laietà.
Los domingos que puede ‘Paquito’ Esteva sigue yendo a las instalaciones del club de su vida, situadas ahora cerca del Nou Camp. “Me viene a buscar un nieto y me lleva a comer. Aún me encuentro con alguno de mis tiempos por allí”. Disfruta revisando su historia, descifrando relatos de sus recuerdos llenos de datos, personajes, partidos y anécdotas. Y con Fernando Muscat correteando entre ellos.

 

El tilín de Encarna

Encarna Hernández mantiene a sus 97 años la misma vitalidad que le hizo aventurarse a ser una pionera en el baloncesto español antes de la Guerra Civil. En 1936 consiguió el Campeonato de Cataluña en el Laietà que entrenaba Fernando Muscat, con el que la comparaban y al que veía con buenos ojos.
Hasta que un día su resistencia se quebró. No lo pudo ocultar tras insistir en la
pregunta. “Era un hombre muy apuesto. E imagínate, ¡yo era una niña de 14 años y él era mi entrenador! Claro que me hacía tilín”. Encarna Hernández desvela el secreto del romance imposible que nunca se atrevió a tener con Fernando Muscat porque “ya era novio de mi compañera Carme Sugrañes, una mujerona”. Encarna calla poco. Pero ese desvelo lo camuflaba en el silencio.
Su casa en l’Eixample de Barcelona está cerquita de lo que fue la sede del Atlas Club, su primera casa deportiva y donde conoció a su marido, y también del que fuera primer campo del Laietà. Ha convertido las paredes de su domicilio en un auténtico museo en el que guarda trozos de una existencia que deshilacha en mil historias. En un lugar de prestigio, pegada a la entrada, aparece esa imagen de mujeres posando con el primer campeonato de Cataluña. En el centro se reconoce a un serio Muscat como ‘mister’ y a una sonriente Encarnita como una pizpireta atacante. Fue en 1936, poco antes de estallar esa maldita guerra.
Primero sonaban los motores de los aviones y luego los obuses. Corríamos a
meternos en los refugios
”, lamenta esta risueña abuelita de 97 años.
Encarna Hernández fue una de las pioneras del baloncesto femenino español. Quizá no fue la primera, ni la mejor, pero es uno de los pocos testimonios vivos que quedan de esas inocentes canastas de unas aventureras. “Yo admiraba a las chicas del Club Femení. Eran tan modernas. Yo quería ser como ellas. Las admiraba. Jugar en el Laietà con la Morros, la Sugrañes… era para mí lo máximo”, insiste esta murcianica afincada en Barcelona desde la adolescencia.
Encarna siguió jugando al baloncesto en diferentes clubs junto a su hermana pequeña Maruja, incluso fue una de las entrenadoras pioneras en los grupos de Sección Femenina y se jacta de haber sido la primera mujer en tener el carné de conducir en España. Sólo se retiró para tener a su hijo, con una edad bastante avanzada para su época. “Pero mi marido era un bendito y entendió mi forma de ver las cosas. No quería tener hijos porque solo pensaba en el baloncesto, pero cuando tuve a mi niño en los brazos todo cambió”, afirma con amor maternal. 

 

Oculta durante décadas en ese papel de esposa y madre, la jugada de la que está más orgullosa, hace dos años el historiador Lluís Puyalto la rescató de ese olvido con un pequeñito reconocimiento en la Fundació del Bàsquet Català. Este acto nos permitió conocerla y descubrir en una conversación telefónica que no solo había sido ‘jugadora’ de Fernando Muscat, sino también que “a mí me comparaban mucho con él porque decían que jugábamos parecido”.
Varios han sido los encuentros con Encarna a la que le llueven ahora trofeos y agasajos. El año pasado la Federación Española de Baloncesto le tributó un homenaje al que entró de la mano de Elisa Aguilar y Amaya Valdemoro. Esa mañana de jueves, sentada en un banquillo del Museo de la FEB en Alcobendas, Encarna apuraba ese día la cañita y el plato de jabugo charlando con unos y con otros. Feliz.
Poco después fue la Federació Catalana la que le entregó un trofeo conmemorativo en un evento de mayor tamaño al primero. “Me llaman para ir a actos y torneos. Pero no hace tanto fuimos mi hermana y yo al Museo del F.C. Barcelona y al preguntar por qué no tenían nada de los equipos de baloncesto femenino en los que jugábamos, no nos pudieron dar respuesta. Nos han tenido olvidadas demasiado tiempo”, se lamenta.
Pero ese tiempo ya pasó. Ahora saborea todo lo que le rodea y disfruta con lo que le está pasando. “Tengo pensado limpiar esta habitación y colocar aquí todo lo que me están dando”, afirma harta de que su hijo no se pase a recoger los libros viejos de las estanterías. Pero su mayor premio lo tiene bien guardado hasta que aparecen las visitas. Un cuadernito de recortes y fotografías que le ha hecho una sobrina. Ella lo muestra con delicadeza y masculla por el paso del tiempo de página en página.
Esa noche David y su mujer han vuelto a visitarla como todas las semanas porque “vienen los maños”. Se han convertido casi en unos nietos que intentan echarle un cable en casa o le traen la compra, aunque a ella le no le falten las fuerzas. David Amador, vecino de toda la vida de Encarna, forma parte de un grupo de periodistas catalanes que está haciendo un documental, ‘La niña del Gancho’, sobre la historia de esta mujer libre e independiente. “Me llamaban la niña del gancho. Para hacer un buen gancho hay que tener buen gusto y elegancia”, repite Encarna como un eslogan mientras ejecuta un tiro imaginario sobre su cabeza.

 

Un documental o un libro. Otra gala u otro reconocimiento. Camisetas y trofeos. Poco importa. Quizá todo llegue demasiado tarde, cuando ya muchos faltan. Quizá este era el momento. Poco importa darle vueltas. Realmente hay que aprovechar cada segundo para escuchar en primera persona centenares de anécdotas, datos o historietas que Encarna almacena en una prodigiosa memoria. Pero ante todo una deliciosa oportunidad para mirar a unos ojos inmensos a una mujer que sigue viviendo con toda la pasión y energía esa religión de la pelota. Y nosotros rendidos a su ejemplo. Con toda admiración y cariño.

El inicio

Todo comenzó una soleada mañana camino de la Federación Aragonesa de Baloncesto. Sergio Ruiz se ahuecó la coleta, y mesándose la barba dijo una sola palabra: “Muscat“. Ese era el nombre que seguramente había visto en el facebook de Quique Sanz. Miró de refilón las patillas de Albericio que respondieron: “Tobed“. Así surgió esta historia de amor.

 

Pero lo mejor es realizar una aproximación al proyecto mediante esta intro: